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miércoles, 19 de marzo de 2008

Ofrenda (capítulo VII y último)

Vio una especie de cobertizo adosado a uno de los muros laterales del palacio y se percató que tenía las puertas de madera. Corrió hacia él.

Las Sombras casi lo habían alcanzado cuando llegó a las puertas y se dio cuenta de que estaban fijadas con tablones clavados. Echó un vistazo general a la fachada y consiguió ver en la oscuridad un pequeño cartel que rezaba: Almacén de recuerdos.

¿Almacén de recuerdos? –pensó. Pero no tenía tiempo para eso. Con un fuerte tirón arrancó uno de los tablones y después lo usó de palanca para intentar abrir las puertas.

Las Sombras llegaron a su altura y él sintió el helor de su desalmada presencia en su piel. Lo rozaron volando entorno a él, provocándole úlceras con solo tocarlo y su consternación se tornó furia, dando un desesperado tirón que abrió de golpe las puertas de madera.

Corriendo, se adentró pensando que había encontrado otro acceso al palacio, pero descubrió que era una habitación cerrada sin más salidas. Las Sombras comenzaron a rondar la puerta y él se revolvió inquieto. Buscó en vano otra salida, pero lo único que pudo ver fue otra puerta de entrada al palacio en una de las paredes, cerrada a cal y canto con las mismas planchas metálicas que el resto de accesos al edificio, haciéndole pensar que se podía entrar al cobertizo desde dentro, pero no adentro desde el cobertizo. Observó lo que había a su alrededor por primera vez desde que entró en el cuarto: sacos de arroz, especias, harina, carnes curadas y pescados salados se hallaban amontonados en estanterías y barricas de madera. Frutas y verduras se acumulaban en cestos de mimbre y odres de agua y vino colgaban de unos ganchos en la pared. -Almacén de recuerdos… -pensó- ¡¿Esto son los recuerdos?!

-¡Pero si es comida! –exclamó en voz alta- Un momento… -recordó una de las conversaciones con el extraño hombre de raza negra que había conocido en el palacio- Kaalkup dijo que nunca comía, pero que engordaba porque se alimentaba de recuerdos… ¡Recuerdos! –su mirada estaba desencajada- Entonces… si los recuerdos son la comida… ¿yo que he estado comiendo?

De pronto, con un aullido escalofriante, las Sombras irrumpieron en el cobertizo rodeándolo, derribándolo y envolviéndolo por completo.

Su apariencia humeante se mezclaba con la oscuridad del lugar, pero él no tenía problemas para saber donde estaban, porque se estaban introduciendo en su cuerpo.

Le atravesaban la piel, lacerándola; le quemaban la carne y lo consumían rápidamente, devorándolo con el simple contacto de sus etéreos pero presentes entes.

En un momento, las Sombras se encontraban amontonadas sobre su cuerpo coleando sus siluetas en el aire mientras ocultaban cada centímetro de él que, impotente, sentía como le arrebataban la existencia.

Su grito de dolor y horror desgarró la noche, y su eco retumbó duna a duna por todo el desierto, mientras las Sombras lo devoraban.

No lejos de allí, en la sala del trono, los comensales celebraban un banquete por todo lo alto, brindando sus enjoyadas copas en honor a la gran computadora y a su líder Halkham.

El líder se hallaba de pié, agradeciendo los elogios, cuando el ordenador comenzó a gorgotear y sus tuberías y cables empezaron a agitarse.

-¡Atención! –exclamó Halkham-. El Gran Computador de las Sombras nos envía otro presente para que sigamos el banquete.

Todos miraron felices y expectantes cuando el ordenador abrió una compuerta deslizante en su base lanzando chorros de vapor. De ella salió una plataforma extensible que sostenía un suculento plato de carne en salsa adornado con un hermoso anillo de oro que engarzaba un enorme rubí.

"Dedicado a todos los lectores asiduos de La Morada de la Oveja Negra. Gracias."

Resto de capítulos de "Ofrenda":

Cáp. I, Cáp. II, Cáp. III, Cáp. IV, Cáp. V, Cáp. VI

lunes, 10 de marzo de 2008

Ofrenda (capítulo VI)

Al pronunciar el líder las palabras, uno de sus sirvientes accionó el mecanismo que puso en funcionamiento la apertura de las puertas principales. En ése momento, todo el séquito se esparció desordenadamente, deseosos de alejarse de las puertas, y fueron desapareciendo en el interior de otras habitaciones hasta que él se vio solo junto al líder, el raquítico ser y el sonido del ordenador.

Las puertas empezaron a abrirse y cuando el frío aire de la noche se coló por la primera fina ranura entre sus hojas, Halkham entregó las cadenas a El Consumido y se alejó corriendo hacia una habitación.

El hombre delgado comenzó a andar hacia fuera cuando las puertas se abrieron del todo, tirando de las cadenas y haciendo que él, anonadado, lo siguiera.

Cuando se encontraban fuera las puertas se cerraron con un estruendo y tras el sonido de los mecanismos que anunciaban que ésta se estaba sellando, reinó un silencio en el que ya no escuchaban ni los pitidos de la computadora.

La noche era fría y una ligera brisa los azotaba en la cara. Él quiso preguntar que era todo aquello, pero ese extraño ser lo tenía bajo un estado de shock producido por la simple visión de su imagen, y solo podía balbucear mientras lo seguía.

El Consumido se paró y se volvió hacia él, alzando sus huesudas manos y despojándolo de las cadenas.

Se encontraban en mitad del oscuro desierto y la única, pero no por ello poca iluminación que tenían era la de los cientos de estrellas que brillaban en el despejado cielo.

Todo estaba en calma, y él salió de su ensimismamiento cuando se percató de que ninguna cadena lo sujetaba. Decidió que debía de alejarse de allí cuanto antes.

Lentamente comenzó a andar hacia atrás esperando algún tipo de reacción del hombre fino, pero éste se limitó a mirarlo indiferente.

Tras esto, él salió corriendo adentrándose en la oscuridad.

Justo en ese momento unos extraños siseos le llegaron de todas partes.

A su alrededor extrañas sombras se alzaron de tras las dunas. Eran como humo flotante y luz oscura. Semejaban jirones de tela negra levitando y moviéndose rápidamente.

Él se estremeció al verlas sin poder identificar qué eran.

Las Sombras ululaban y se movían volando a su alrededor, envolviéndolo.

Corrió hacia el lugar de donde venía y encontró a El Consumido paseándose entre las Sombras, volviendo al palacio. ¿Por qué a ése homínido no le hacen nada? –pensó.

Al llegar a su altura tropezó con una duna y cayó. El Consumido lo miraba curioso.

-¡¿Porqué tu no corres?! ¡¿Por qué a ti no te quieren hacer nada?!

Una especie de silbido cruzó sus oídos, de uno a otro, y él pensó que una sombra le había atrapado, porque era un sonido de ultratumba, pero pronto comprobó que era la voz de El Consumido.

-Sssiempre sssalgo yo… de mí naaada quieeeren… nnno sssoy un buen bocaaado… yo nuuunca como… ni tan sssolo recuerdosss…

Horrorizado tanto por lo sepulcral de su voz como por lo espantoso de lo que había dicho, él se arrastró de espaldas, alejándose de la delgada figura que lo miraba alegre, con lo que lejanamente se insinuaba como un atisbo de sonrisa en su horrenda boca.

Al percatarse, de pronto, de que las Sombras se acercaban a ellos, él se levantó raudo y corrió hacia el palacio. Cuando llegó a las puertas las aporreó gritando:

-¡Dejadme entrar! ¡Abrid las puertas!


Pero nadie contestaba. Las Sombras se acercaban a su espalda y su ansiedad iba creciendo al sentirse acorralado en el inconmensurable desierto.


Resto de capítulos de "Ofrenda":
Cáp. I, Cáp. II, Cáp. III, Cáp. IV, Cáp. V, Cáp. VII


lunes, 3 de marzo de 2008

Ofrenda (capítulo V)

La palabra se le clavó en el corazón como un alfanje, dejándolo helado, petrificado, muerto de miedo.

Tras el auge del canturreo todo quedó en silencio, a excepción del exasperante sonido de la computadora gigante. Los congregados se alzaron y abrieron sus filas para dejar paso a una figura.

Vestido con exactamente la misma ropa que los demás, a excepción de que iba despojado de su capucha y llevaba un enorme turbante emplumado con un broche de espejo en el frontal, Halkham avanzó hacia él, mirándolo fijamente con ojos inexpresivos. En su mirar no había maldad, pero tampoco compasión. No había lucro, pero tampoco clemencia. No había alerta, no había distracción… No había vida.

Era la mirada más fría que él había visto y sentido jamás, y se le clavaba en las entrañas tanto como lo había hecho la palabra que culminó el salterio: Sombras, sombras, sombras… ¿Qué era todo aquello? ¿Qué se supone que debía hacer él?

-Traed a El Consumido –dijo el líder, con una voz en trance que a él le puso el vello de punta.

Una puerta se abrió dejando ver unas escaleras que bajaban a lo que parecía el sótano, y dos guardias subieron portando sendas antorchas y arrastrando, cada uno de un lado, las cadenas que ataban a una tercera y alta figura que se confundía con las sombras.

Cuando la luz alumbró aquella estampa él sintió deseos de vomitar.

Al cabo de las cadenas se alzaba el ser mas repulsivo y nauseabundo que jamás había visto. Más delgado que la misma delgadez, el hombre alto se contoneaba desnudo e inestable. Su piel era de un pálido verdoso amarillento y todo él desprendía un insoportable olor a rancio y moho. Sus ojos saltones eran como dos amarillentos globos acuosos que miraban a la nada abiertos de par en par. Su cabello era mas parecido largas y grasientas hebras de pelusa grisácea pegada a su rostro y esparcida fortuitamente por su huesudo cráneo. Su boca, demasiado grande para su rostro, definía unos finos y cuarteados labios sin color ribeteados de un negro pútrido, y contenía unos dientes putrefactos de un extraño color gris azulado. Sus orejas, pellejudas y colganderas, también parecían ser demasiado grandes para el ser, así como sus retorcidas manos de dedos afilados y sus deformes pies planos y torcidos hacia adentro, que también abultaban mas de lo esperado y que constaban al final de unos brazos y piernas largos, finos y raquíticos.

Los guardias tiraron de las cadenas y se acercaron a Halkham, que seguía mirándolo a él, sin apartar la vista un segundo. El Consumido, traído por los tirones de las cadenas, avanzó a pequeños saltos tras ellos. Cuando estuvieron junto al líder, le quitaron las cadenas al ser, que lo miró curioso a él, como examinándolo inocentemente, inclinando la cabeza como si jamás hubiese visto a otro hombre. Sus pupilas estaban extremadamente contraídas, como si nunca vieran la luz, y de vez en cuando se hacía sombra en los ojos con una mano.

Él fue rodeado por tres guardias que lo sujetaron mientras un cuarto le colocaba las cadenas que un momento antes sometían al delgado ser. Después dieron el otro extremo de las cadenas al líder, y se apartaron. Halkham alzo los brazos agarrando las cadenas con una mano y una hoja de parra con la otra.

Se volvió hacia las puertas de doble hoja que daban al exterior y alzó el rostro cerrando los ojos.

-¡Sombras de la noche -clamó-, he aquí el número 914, nuestra nueva ofrenda!



Resto de capítulos de "Ofrenda":
Cáp. I, Cáp. II, Cáp. III, Cáp. IV, Cáp. VI, Cáp. VII


miércoles, 27 de febrero de 2008

Ofrenda (capítulo IV)

… y consiguiéndolo.

Él agarró el plato con una mano y con la otra empezó a llenarse la boca con deliciosos bocados, saciando su apetito voraz. Cuando acabó se levantó y fue hacia la mesa, cogiendo mas platos y vaciándolos en un abrir y cerrar de ojos. Se percató que los platos estaban decorados con joyas que habían puesto sobre la comida y pensó que debía de ser un presente del anfitrión. Escogió un plato de carne asada ornamentado con un anillo de oro que engarzaba un gran rubí –Extraña costumbre- se dijo encogiéndose de hombros, chupando el anillo y colocándoselo en el dedo para después comerse la carne.
El sabor de los manjares le hacía poner los ojos en blanco mientras seguía degustándolos.

Al poco se dejó caer en el suelo, colmado. Reparó en que la bailarina ya no estaba y en que no se había dado cuenta de cuando se fue.

En su lugar estaba Kaalkup, mirándolo muy serio, con la tristeza reflejada en los ojos.

Él lo miró con una mezcla de orgullo y culpabilidad, y se levantó limpiando su boca con la manga.

-Has escogido tu destino –dijo Kaalkup-. Ahora te abrirán las puertas. Adiós, extranjero.

Él lo miró alejarse y desaparecer por una puerta, justo antes de que un gong sonara.

Al sonar, por otra puerta apareció Halkham seguido de su séquito de encapuchados.

Sin que él pudiera hacer nada, varios hombres lo rodearon, lo agarraron, y lo desvistieron arrancando sus ropas. Sin apenas ser consciente de lo que sucedía, vio como otros lo vestían con caras prendas de seda, y después lo soltaban.

Cuando se apartaron vio como habían retirado de la mesa los platos vacíos y habían traído nuevos alimentos recién cocinados.

Entonces Halkham habló.

-Siéntete a gusto, 914. Degusta nuestros platos y ponte cómodo.

-¿Cómo me has llamado? –preguntó él.

-Por la noche las puertas se abrirán para ti.

El líder se retiró y, tras él, su cohorte.

Durante un momento él se quedó inmóvil, pensativo. ¿Había hecho bien? Se preguntaba.

El resto del día lo pasó pensando en el porqué de todo aquello, en lo extraño que resultaba todo, pero lo que mas le extrañaba no era ese tal Halkham y su poco común hospitalidad, no era la extraña historia de puertas abiertas y cerradas, de noches y de días, de comer o no comer… Lo que más le extrañaba era esa sensación empalagosa de haber defraudado a alguien, de sentirse culpable por haberle fallado a Kaalkup, sin apenas conocerlo.

Al caer la noche las ventanas se cerraron de nuevo, tras el irritante sonido de los engranajes, y de nuevo todo quedó a oscuras.

Al poco unas antorchas que provenían de otra habitación iluminaron la estancia, y él pudo ver cómo un gran número de individuos encapuchados de negro llenaba la habitación, lentamente, ordenadamente, silenciosamente…

Eran los mismos que compartían mesa con el líder la noche anterior. Todos vestían las mismas ropas, con los mismos colores, con los mismos adornos colocados casi religiosamente.

¿Religiosamente? Eso debía de ser. Eran como una extraña secta que adoraban a… ¿a qué? ¿A ese extraño y enorme artefacto?

De pronto, casi como habiéndolo invocado, el sonido del gran ordenador de la otra sala invadió el silencio de la que ellos ocupaban. Extraños sonidos digitales se mezclaban con el ruido de procesadores y de motores de ventilación. Un gorgoteo informático se elevaba por encima de todo ello, y los comensales se arrodillaron al unísono.

Comenzaron a hacer reverencias y entonaron un extraño cántico que se enfatizaba progresivamente, a la vez que subían el volumen de sus voces e incrementaban el ritmo de sus postraciones.

Él sentía que su corazón se aceleraba al ritmo de la salmodia y casi notó que se le salía del pecho cuando ésta llegó a su clímax y las voces se alzaron en un estruendoso grito en el que entonaron una sola palabra a coro: ¡Sombras!


Resto de capítulos de "Ofrenda":

Cáp. I, Cáp. II, Cáp. III, Cáp. V, Cáp. VI, Cáp. VII


miércoles, 20 de febrero de 2008

Ofrenda (capítulo III)

Despertó sediento y hambriento, sobre unos cojines, y vio a su lado el odre de agua. Bebió sin parar, más para llenar el estómago que para saciar su sed, hasta que acabó el odre.
Al inclinar la cabeza para beber la última gota, la luz del sol que entraba por una de las ventanas le dio en los ojos. Se levantó.
Estaba en la misma sala donde se despertó la primera vez, y la mesa llena de comida ahí seguía, con nuevos alimentos recién cocinados y aun humeantes.
Se levantó y corrió hacia la mesa, dispuesto a comer tanto como pudiera, cuando una mano se posó en su hombro.
-Has pasado la primera noche –dijo la voz a su espalda.
Él se dio la vuelta y vio a Kaalkup, que lo miraba sonriente.
-¿Vas a estropearlo ahora?
-¿Y tú? –preguntó él- ¿Pretendes decirme que tu no comes nunca?
-No.
-¿Entonces por qué engordas?
-Porque me alimento de recuerdos –dijo sonriendo-.
-¡Déjame en paz! –gritó él, desasiéndose y abalanzándose hacia la mesa.
Dio un solo paso cuando de nuevo la mano de Kaalkup lo agarró por un brazo.
Ésta vez sin mirar lanzó su otro brazo fuertemente hacia atrás para propinarle un golpe, pero su puño sólo hendió el aire, pues Kaalkup ya no estaba ahí.
Con los ojos desorbitados y la mandíbula desencajada, él se dejó caer de rodillas y agarró su cabeza con ambas manos. Desesperado, gritó:
-¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no puedo comer?! ¡¿Por qué dices que voy a morir?!
Se dejó caer, sin fuerzas, y quedó tendido en el suelo, sollozando.

A los pocos minutos abrió los ojos y vio unos pies descalzos, femeninos, adornados con anillos y tobilleras de oro. Los pies comenzaron a moverse a la vez que una música empezó a sonar.
Él levantó la vista y la vio.
La joven bailó para él al son de los melódicos acordes, contoneándose, doblándose, ofreciéndole un delicioso espectáculo de armonía y belleza.
La bailarina avanzó danzando hacia la mesa, donde se hizo con uno de los suculentos platos, y siguió bailando, ésta vez hacia él.
Le acercó el plato a la cara mientras su danza se hacía más lenta, la música fue apagándose mientras ella concluía el baile progresivamente, arrodillándose ante él, ofreciéndole el manjar, tentándolo…

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viernes, 15 de febrero de 2008

Ofrenda (capítulo II)

Tenía hambre. Mucha hambre, y el olor de los manjares parecían llamarlo a gritos.

¿Por qué si comía le abrirían la puerta? ¿Por qué iba a ser malo que lo dejaran salir?

Después de todo él no conocía a ese hombre y seguramente era sólo un chiflado…

Pero algo dentro de él le decía que no, que debía hacerle caso. Tal vez era su profunda y tranquila mirada, o tal vez lo misterioso del rico líder, que lo hacía desconfiar.

¿Y si sólo comía un poco? ¿Quién se iba a enterar?

Se acercó a tientas a la mesa, guiado por el aroma del cordero asado y las frutas confitadas. Sintió que se mareaba.

Estaba apunto de agarrar una fuente de barro cuando una música lo sacó de su ensimismamiento. Provenía de una sala cercana, y enfiló un pasillo siguiendo la melodía.

Al final del corredor vio una luz que venía de la misma sala que la música. Se acercó.

Nada mas asomarse pudo ver una enorme sala iluminada por antorchas y repleta de gente comiendo y celebrando. A un lado los músicos hacían sonar sus extraños instrumentos de viento, cuerda y percusión. Largas mesas llenas de comida y bebida rodeaban un altar enjoyado donde se erguía hasta el altísimo techo un gigantesco ordenador del que colgaban incontables cables y tubos. Al pié del ordenador había un trono y la mesa mas grande donde estaban las comidas mas copiosas. Las bailarinas cubiertas de velos danzaban alrededor del trono y varias esclavas desnudas se arrastraban venerando al que lo ocupaba.

Cuando él entró en la sala la música cesó, y todos lo miraron.

Halkham se levantó del trono, dejando sobre el plato un hueso de pollo a medio roer y apartando de sus pies a una de las esclavas. Lo miró. Él sostuvo su mirada sin decir nada. Al poco el líder cogió un plato de patatas asadas en salsa y se acercó a él, ofreciéndoselo.

-Come –le dijo.

Todos lo miraban, expectantes, y el paseó su mirada por toda la sala, mirándolos uno a uno. Miró el plato y, volviendo a mirar a Halkham, dijo:

-No.

Un murmullo recorrió la habitación, hasta que el líder le dio el plato a la persona que mas cerca tenía, volvió al trono y dio dos palmadas, sentándose de nuevo.

La música se reanudó y las bailarinas volvieron a danzar. La gente retomó la cena donde la había dejado y dejaron de prestarle atención a él.

Le temblaban las rodillas. Le atormentaba el olor de los alimentos, el sonido del vino al llenar las copas, el masticar indecoroso de los concurrentes. El sudor le perlaba la frente mientras se sentía desfallecer. ¿Cuántos días había estado inconsciente? ¿Cuántos días llevaría sin comer? ¿Cuántos más podría aguantar?

Su vista se nubló y notó que caía.

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martes, 12 de febrero de 2008

Ofrenda (capítulo I)

Él sabía que era una prisión.
Nadie se lo había dicho, pero lo sabía perfectamente. El oxigeno estaba por todas partes, pero a él le costaba respirar. La sala era amplia y luminosa, pero él sentía claustrofobia. El aroma era de manjares exquisitos y la decoración la más preciosa que jamás había contemplado, pero él se sentía incómodo e impotente.
Se levantó apoyándose en una mano, lentamente, intentando recordar.
Solo recordaba que había tenido sed, mucha sed.
Su turbante estaba ladeado y se lo recolocó mientras seguía mirando en derredor.
No estaba herido y su garganta ya no estaba seca. Vio un odre de agua junto al lugar donde había estado tumbado y comprendió que le habían dado de beber.
Entraron tres hombres en la sala, dos de ellos parecían los guardaespaldas del tercero, que vestía alhajas imponentes y se adornaba con joyas de incalculable valor, parecía el líder.
Se miraron largo rato, ninguno dijo nada. Al poco el líder le señaló con un gesto de cabeza la mesa llena de alimentos. Él se quedó inmóvil, mirándolo. El líder se encogió de hombros, se dio la vuelta y se marchó seguido de sus guardaespaldas.

Las puertas estaban cerradas, y las ventanas, pese a estar abiertas, estaban demasiado altas y eran demasiado pequeñas para caber por ellas.
Él lo sabía, era una prisión.
Intentó forzar una puerta, pero ésta no cedió.
-Por dentro están cerradas a todas horas- le dijo una voz.
Se dio la vuelta y vio a un pequeño y orondo hombre de raza negra, vestido tan solo con un pantalón de seda naranja, una faja roja y un turbante blanco. Estaba sentado en un cojín del suelo, mirándolo profundamente, con una expresión sosegada en el rostro.
- Pero por fuera están abiertas de día y cerradas de noche- concluyó.
Entonces él recordó. El desierto lo había llevado hasta el palacio, la sed y el calor lo habían hecho llegar a las puertas, que pudo abrir sin problemas. Luego se desmayó.
¿Quién podría querer que cualquiera entrara en su casa para después no permitirle salir?, pensó él.
-Estás en casa de Halkham –dijo el hombre negro- y si no comes nunca, nunca saldrás. Pero si degustas sus manjares, te abrirán la puerta por la noche.
-¿Y tú quién eres? ¿Que haces aquí? –dijo él.
-Me llamo Kaalkup, y hago lo mismo que tú. Si no hubiera entrado aquí, hace ahora tres años, hubiera muerto de insolación en el desierto.
-¿Y por qué no te fuiste por la noche?
-Porque si sales por la noche, mueres.
-Eso es una estupidez –dijo él- ¿Por qué ibas a morir? Y de todos modos, si no sales es porque ellos no quieren. Si quisieran hacerte salir, lo harían. ¿Cómo consigues evitarlo, sino?
-Porque no me abren la puerta.
-¿Por qué?
-Porque no como.
Un sonido de cerrojos lo distrajo. La puerta se había cerrado por fuera.
Volvió a mirar a Kaalkup, pero éste había desaparecido. ¿Qué había querido decir con que si salía moriría?
Vio por la ventana cómo caía la noche, el cielo se oscurecía y la penumbra inundaba los rincones.
Escuchó el sonido de un mecanismo. Parecía provenir de todas partes. Engranajes y ejes rodaban y entrechocaban, y vio que las ventanas se cerraban. Unas planchas de acero salían de sus marcos con un molesto sonido metálico, cerrándose con un estruendoso ruido que reverberó en la noche. Después todo fue silencio. Silencio y oscuridad.
Resto de capítulos de "Ofrenda":
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jueves, 31 de enero de 2008

Espetada do Grãoinho

Grãoinho vivía solo, durmiente, holgazaneando todo el día.
Grãoinho no tenía prisa, ¿para qué? Iba a seguir siendo pequeño, muy pequeño, pequeño como un botón.
Grãoinho vivía en el malecón, bajo el caparazón de un cangrejo, y lo que más le gustaban eran las gaviotas. Las gaviotas y las conchas marinas.
Grãoinho soñaba con subir sobre la espalda de una gaviota y sobrevolar el mar. Ver su casa desde lo alto, cómo se movía de sitio sin avisar, con sus andares ladeados. ¡Que manía de moverse! Después siempre tenía que andar preguntando a todos si habían visto su casa. Grãoinho le preguntaba a las medusas, le preguntaba al coral y también a los caballos de mar. ¿Habéis visto mi casa?, decía, pero nunca le contestaban.
Un día Grãoinho salió a jugar con las conchas, se subía en ellas y se lanzaba después, deslizándose como en un tobogán. Se escondía debajo y fingía ser una almeja, las arrastraba y las amontonaba y se hacía un palacio de conchas de mar.
Ése día, Grãoinho se hizo un palacio tan bonito y tan grande, que pudo meterse dentro y hacerse una cama con una concha de mar; entonces, cansado de jugar y holgazán como era, Grãoinho se quedó dormido sobre su cama de concha durante toda la noche.
Al despertar, cuando Grãoinho volvió a su casa, su casa ya no estaba.
¡Otra vez debió de irse andando al revés! ¡Con ese aburrido repiquetear de pinzas!
Grãoinho, que aun tenía sueño, salió a preguntar si alguien había visto su casa.
Enfadado y somnoliento, recorrió el malecón, la playa, las rocas y el espigón, hasta que se cruzó con un mejillón. ¿Ha visto usted mi casa, señor mejillón? Es oscura, dura y fea por fuera, pero blanda y caliente por dentro. Pero el mejillón no le contestó.
Siguió recorriendo el espigón hasta dar con un alga anciana que bailaba medio sumergida para una esponja de mar, que era su única espectadora. Grãoinho les preguntó a ellas también, pero tampoco éstas le contestaron.
Ya estaba haciéndose de noche otra vez, y a Grãoinho no le gustaba la noche porque no había gaviotas.
Entonces Grãoinho tuvo una idea: ¡Las gaviotas lo ven todo! Siguió hasta el final de las rocas y escaló hasta la más alta de todas. Una vez arriba, Grãoinho llamó a las gaviotas, pero éstas parecían no oírle, porque ninguna venía a su encuentro, ninguna contestaba con su agudo chillido chirriante. Grãoinho se puso de puntillas, para estar más cerca del cielo y así las gaviotas pudieran escucharlo mejor, pero la roca estaba mojada y Grãoinho resbaló.
Cuando cayó y pudo abrir los ojos bajo el agua, había espuma blanca por todas partes, entonces el mar se calmó, y Grãoinho pudo ver un gran ojo que lo miraba sin pestañear. Era un enorme pez ¡tan grande como su casa!, y antes de que Grãoinho pudiera decir nada, el pez abrió la boca y lo engulló.
Todo estaba muy negro y silencioso, ahí adentro, y Grãoinho tuvo mucho miedo, pero también tenía mucho sueño. Bueno, dijo, ésta podría ser mi nueva casa.
Y Grãoinho se durmió sobre la lengua del pez.